OY
TOCA TEORÍA
Cuenta
Jorge Valdano, exjugador y ahora entrenador de fútbol, que el portero Fillol,
en algunos entrenamientos, se comportaba de una manera extraña. Cuando un compañero
disparaba sobre la puerta, él se quedaba inmóvil y decía: ¡Alto! Esperaba un
nuevo lanzamiento y exclamaba sin moverse: ¡Gol! Así, iba haciendo el
comentario a cada uno de los tiros de los restantes miembros del equipo: ¡Larguero!
¡Desviado! ¡Corner! Alguien le pregunta: «¿Qué es lo que estás haciendo?»
Y Fillol contesta: «Hoy toca teoría».
Traemos esta anécdota a colación para poner sobre el tapete el
intrincado tema de la relación teoría-práctica en la formación de los
profesionales y en el desarrollo de su práctica. Más concretamente, en la
formación y práctica de los profesionales de la enseñanza. ¿Cómo aprende un
maestro a ser maestro? ¿Qué papel desempeñan en la formación la teoría y la
práctica? ¿Cómo se perfecciona en su acción profesional? ¿Es necesaria una
determinada proporción o, más bien, una integración adecuada de ambas?
Es frecuente oír a los profesionales de la enseñanza, en sesiones de formación: «¡Déjense de teorías que no sirven para nada! ¡Los teóricos están en las nubes! ¡las cosas, en la realidad, son distintas a como las describen las teorías!»
Es frecuente también oír a los estudiantes decir: «¿Para qué tanta teoría, cómo vamos a aprender a nadar sentados en una silla y estudiando la química del agua?»
El problema radica, a mi juicio, en la separación de la teoría y de la
práctica. En su definitivo divorcio. Porque, en realidad, no hay nada más práctico
que la teoría. La teoría lo inspira y lo impregna todo. En realidad, todos
actuamos movidos por la teoría sobre la acción. Lo que sucede es que no la
explicitamos ni ordenamos lógicamente. La acción ciega, sin sentido y dirección,
es casi imposible en el ser humano. Nada hay utópico en una buena teoría. La
acción separada de la teoría se asemeja al azaroso movimiento de una rata en
un nuevo laberinto.
A su vez, una teoría desconectada de la práctica, que no parte de ella y conduce a ella, que no permite ser puesta en acción, que no se encarna en la realidad cotidiana, no es capaz de dar sentido y utilidad a los aprendizajes. Práctica y teoría se hallan inextricablemente unidas. La teoría nace de la práctica y la práctica nace de la teoría. Las formulaciones teóricas nacen de la práctica y la práctica nace de las formulaciones teóricas. El camino que va de los hechos a las ideas es de ida y vuelta y está siendo recorrido sin cesar. Hay, eso sí, fuerzas que hacen que ese recorrido esté dominado por determinados intereses.
"El análisis
es un importante prerrequisito de la acción. No es un sustitutivo para la acción,
y el análisis sin la acción o la ejecución se convierte en mero análisis y
es visto frecuentemente como uno irritante sofistería. Como el ciempiés que se
limitaba a echarse hacia atrás en su carrizo planteándose la cuestión de
"¿Cómo uso mis pies?", Así, el excesivo análisis organizativo
puede producir una parálisis. Pero la acción sin análisis es un mero impulso
(Handy, 1985).
La teoría no está de espaldas a la práctica, no es un impedimento para
actuar con acierto, sino, justamente, el mejor camino para hacerlo. Establecer
objetivos, tomar decisiones y construir relaciones, solucionar conflictos, etc.,
son actividades que implican acción. Pero no menos que teoría. Podría
entenderse que solamente la práctica conduce a una acción positiva. Pero no es
exactamente así, ya que la práctica tiene detrás una teoría que la explica
y, además, existe una teoría procedente de la práctica y de la reflexión de
otros que puede ayudar a entender la acción. Por eso resulta inadecuado que
algunas personas, especialmente los que se consideran prácticos, intenten
presentar las teorías (Hughes, 1986) como compañeros incómodos, molestos, de tal modo que cada uno de ellos elimina la complejidad de la
acción humana en el marco de la organización.
Los prácticos
acostumbran plantear la dicotomía entre la alegre teoría en las nubes y la
dura práctica cotidiana. Algunos prácticos desprecian las teorías pensando
que están muy alejadas de la realidad de las escuelas y de las aulas.
Si los
profesores y los líderes de las escuelas esquivan la teoría, deben depender de
su experiencia como guías de la acción. Para decidir de la forma más
apropiado ante un problema concreto, disponen de una gama de opciones sugeridas
por las experiencias anteriores con ese tipo de cuestiones. Si son preguntados
por las razones de la decisión, el práctico dirá, probablemente, que es fruto
del sentido común. Sin embargo, la decisión, frecuentemente está basada en
una teoría implícita sobre la mejor forma de negociar esa situación (Bush,
1989).
Este autor presenta tres razones por las que un práctico necesita la
teoría:
La confianza en los hechos como única guía de la acción es insatisfactoria porque cualquier evidencia necesita de interpretación. La vida en las escuelas es demasiado compleja para que los prácticos puedan tomar decisiones simplemente a través de los acontecimientos. Se necesita un marco de referencia. Como sugieren Bolman y Deal (1984), «necesitamos desarrollar patrones de análisis y marcos de referencia para dar sentido a la complejidad de la vida cotidiana».
Depender de la experiencia para interpretar los hechos y tomar decisiones es insuficiente porque descarta el conocimiento de los otros. La familiarización con los argumentos y con los descubrimientos de los teóricos hace capaz al práctico de desprenderse de la inmediatez de la experiencia y de comprender la solución de los problemas.
La experiencia puede ser particularmente insuficiente como la única guía para la acción cuando el práctico comienza a intervenir en un contexto diferente. Las variables organizativas de una escuela pueden tener poca relevancia en un nuevo contexto.

Al
ser considerada la organización como una actividad práctica, muchos profesores
desprecian la dimensión teórica, tanto en lo que respecta a la comprensión de
lo que sucede en el seno de la escuela como a la capacidad orientadora de la
acción que tiene la teoría. Las razones que les mantienen alejados de la
vinculación explícita a la teoría son de diferente naturaleza y alcance:
La división de funciones profesionales que, engañosamente, sitúa a unos en la práctica y a otros en la reflexión teórica. ¿No tienen los llamados teóricos ningún tipo de práctica organizativa? ¿No tienen los denominados prácticos ningún tipo de teoría subyacente?
La convicción de que la teoría se mantiene en las nubes, alejada de cualquier relación directa y eficaz con la realidad. En definitiva, de que no puede aportar nada a la mejora de la acción.
La creencia de que la reflexión teórica, por su nivel de abstracción o por la dificultad de los procesos de investigación que exige su elaboración, resulta abstrusa, intrincada y difícil.
La absorción de tiempo que exige la inmediatez de la práctica, que hace difícil la reflexión rigurosa. Los apremios de lo cotidiano exigen una atención permanente a quienes se dedican a planificar la acción, dirigir a las personas, solucionar problemas, etc.
El poder de las rutinas y de los supuestos irracionales que
gobiernan la práctica hace que no se pongan en cuestión los significados y
que no se vaya más allá de lo que aparece en la capa superficial de los
hechos. Algunas actitudes pueden estar presentes en el rechazo de la teoría:
la comodidad ante la formulación de interrogaciones, el miedo al cambio que
se derivaría de unos hallazgos inopinados, la inseguridad ante aquello que
no se conoce, el temor a estar equivocados.
Los profesionales, frecuentemente miran la teoría con una mezcla de
respeto y sospecho. De respeto, porque es considerada difícil y, de recelo,
porque no parece ofrecer respuestas concretas sobre lo que hay que hacer el
lunes por la mañana (Dearden, 1984).
Hablamos
de la simbiosis de teoría y de práctica en la formación y en el desarrollo
profesional. Para ello hace falta, a mi modo de ver, combinar tres tipos de
acciones: pensar, actuar y escribir. A las que hay que añadir otras tres:
dialogar, compartir y mejorar ¿Por qué se escribe tan poco?
Una opción formadora o una acepción de profesionalidad al margen
de un conocimiento sistematizado con capacidad desveladora, que se pretenda
justificar sólo en la adquisición de destrezas prácticas, dejaría a la
formación de profesoras y profesores y a la profesión docente como pura
reproducción de la práctica dominante (Gimeno,
1990).