l profesorado toma decisiones en algún grado, aun sin proponérselo, sobre cómo enseñar cuando selecciona determinados contenidos a aprender y determinadas capacidades a desarrollar por los alumnos y alumnas. Las relaciones entre lo que nos proponemos enseñar y los medios utilizados para ello en las diferentes áreas no han sido estudiadas de modo sistemático.Sin embargo, a nadie se le escapa que lo que queremos que el alumnado aprenda en una materia puede limitar o condicionar las posibles maneras de enseñarla y aprenderla. Por ejemplo, para desarrollar una habilidad física (digamos, el tiro a canasta) es mejor facilitar al alumnado la práctica directa, que la sola observación de la experiencia ajena; del mismo modo, si queremos favorecer que los alumnos aprendan las bases democráticas en que se fundamenta una organización social, será mejor que experimenten en la propia clase dicha forma de organización, que alguna otra contradictoria con tales bases y cuyo funcionamiento no les permita en absoluto participar y debatir los diferentes problemas que les afecten como grupo; igualmente, la comprensión del teorema de Pitágoras se verá, posiblemente, favorecida si los alumnos pueden explorar de forma más o menos sistemática la posición de determinadas figuras en el espacio, y debatir y argumentar sobre las diferentes relaciones que les es posible establecer. En definitiva, ciertos tipos de aprendizaje están más asociados a un modo de enseñanza que a otro, de tal manera que las decisiones relativas a cómo enseñar son en buena parte indisociables de las decisiones relativas a qué enseñar.

La naturaleza del conocimiento de las diferentes áreas, la estructura y secuencialidad de la materia, los fines que persigue la enseñanza de determinados contenidos, su grado de definición, y el valor social y cultural que se les otorga son factores que influyen en la metodología de enseñanza. Así, el tipo de contenidos que se pretende enseñar influye en el modo de enseñanza, por lo que cabe tener presente que el mejor modo de enseñar será distinto según se trate de conceptos y principios, de procedimientos, o de actitudes, valores y normas.

Del mismo modo, la prioridad otorgada a un contenido por el equipo docente puede influir en la calidad y cantidad de la enseñanza; es decir, influir tanto en que se apliquen determinadas formas de individualización de la misma para mejorar los resultados de aprendizaje (pensemos, por ejemplo, en cómo se organiza la enseñanza de la lectura, el cálculo, la escritura, en los primeros cursos), como en que se dedique más tiempo a unos contenidos que a otros en el horario escolar y, a veces, aquel período del día en que los docentes creen que el alumnado suele tener mejor rendimiento (por ejemplo, enseñar matemáticas a primera hora de la mañana).

Finalmente, cabe reconocer que entre los contenidos de las diferentes áreas existen grados de estructuración y formalización interna diferentes (comparemos por ejemplo el área de Ciencias y el área Artística), por lo que algunas formas de enseñanza pueden resultar más compatibles con unas áreas que con otras.

Las conexiones entre las decisiones relativas a cómo enseñar y otras decisiones adoptadas en el PCC no se agotan en lo dicho hasta aquí con respecto a qué enseñar. Otro aspecto de estas conexiones lo encontramos en el ámbito de las decisiones sobre evaluación. Así, todo planteamiento metodológico basado en que el alumno aprenda de modo significativo debe vincularse a una práctica de evaluación formativa, implicada en el proceso mismo de aprendizaje, capaz de favorecer que el alumno y la alumna reciban la ayuda que necesitan en el momento mismo en que ésta les sea precisa. Las actividades didácticas en que es posible identificar y valorar las ideas previas, observar no sólo resultados sino también los procesos de elaboración de los aprendizajes e intervenir en ellos, identificar las necesidades de los alumnos, valorar los progresos de éstos en relación a sí mismos, etc., resultan particularmente adecuadas para este fin.