omo cualquier modalidad de investigación, la Investigación-Acción, o también, la Investigación-Construcción debe traducirse siempre en términos de cómo se lleva a cabo en la práctica, en términos de cómo se hace. Y para eso necesitamos de una metodología. Pero debe tenerse siempre en cuenta, a la hora de acercarse a explicaciones y manuales de este cómo se hace, que la metodología, al menos en el caso de la I-A, es siempre una simplificación de algo que en la práctica es mucho más complejo y variado. Sin embargo, un método ayuda a comunicar las ideas esenciales que deben cuidarse en el proceso y, sobre todo, ayuda al que se inicia a disponer de una pauta que, con el tiempo, podrá llegar a superar.   

Sobre el sentido de una metodología de la I-A 

La I-A no es sólo una metodología, no es sólo una colección de técnicas y recursos para obtener datos. En todo caso, estas técnicas y recursos deben estar al servicio de la filosofía que la inspira. 

La I-A es una forma de entender la práctica docente según la cual intentamos mejorarla sistemáticamente, buscando para ello entender mejor cuáles son los contextos y condicionantes de la misma. No es sólo una ayuda para resolver los problemas de la práctica, sino que es un proceso para problematizar la práctica, es decir, para descubrir la naturaleza problemática de la enseñanza y para, problematizándola, reorientar el sentido de la misma, así como nuestra valoración de lo que ésta debiera ser, a lo que debiera aspirar. 

Entiende, por tanto, que la mejora debe ser en sí misma una práctica educativa, por lo que debe implicar en el proceso a las personas afectadas e interesadas. Esta idea, entre otras, es la que explica por qué no puede entenderse la I-A como una mera metodología. Una práctica que pretende ser transformadora desde la implicación de las personas afectadas e interesadas tiene que ser necesariamente sensible al contexto, a las interpretaciones y reacciones de las personas, así como debe estar preocupada por las consecuencias sociales de dicha práctica. Y esto supone tanto interrogar a la realidad, tratar de entenderla y cuestionarla en sus presupuestos, como interrogarnos a nosotros mismos, cuestionando los fundamentos de nuestras perspectivas. 

Podríamos decir, por tanto, que la esencia de la I-A, en cuanto a proceder metodológico, es la suma (o mejor, la interacción) de evidencias que obtenemos de la realidad y los procesos reflexivos sobre los que intentamos darle sentido a esa realidad, y a nosotros y nuestra función en ella. Pero no olvidemos que la I-A cobra sentido en la acción; es decir, es la acción y su transformación lo que justifica este proceso. Por tanto, es la acción que realizamos y en la que estamos inmersos la realidad que nos preocupa. Es, pues, una realidad que nos implica, una realidad que está condicionada por nuestras actuaciones. No es una realidad ajena, sino nuestra propia actuación la que esta en el centro de la I-A.

El ciclo de la I-A 

La I-A constituye siempre un proceso continuo,  en espiral, de acción-observación-reflexión-nueva acción, etc. El análisis de la acción y la reflexión sobre ella, sobre los problemas que presenta a la luz de lo que pretendemos, es siempre un proceso sin fin. No obstante, cuando nos proponemos iniciar un proyecto de I-A, necesitamos definir un ciclo de pasos a seguir, que puede ser el siguiente:

 LA ESPIRAL DE LA I-A