emos entresacado algunas preguntas que Cuadernos de Pedagogía realizó
a Ángel Pérez Gómez por lo interesante de sus respuestas.
Desde finales de los años 70, la voz y la pluma de Ángel Pérez han estado siempre atentas a las nuevas aportaciones que ayudan a comprender un poco mejor el complejo mundo de la educación y, de modo especial, a uno de sus agentes protagonistas: el profesorado.
Este catedrático de Didáctica afincado en Málaga tiene a sus espaldas una trayectoria Profesional trufada de numerosos y valiosos trabajos de investigación, reflexión y divulgación.
Su mirada se alza hacia los más altos vuelos del pensamiento, pero aterriza
también en la cultura cotidiana de la escuela y en la práctica docente con la
que mantiene un estimulante y permanente diálogo.
¿Debe
haber un
replanteamiento radical de la función docente?
Sí, claro. En la actualidad, yo creo que el proceso
educativo no es tanto transmitir conocimientos e informaciones como en orientar
y facilitar la formación del pensamiento y la acción del ciudadano. La mayoría
de los alumnos de clases medias llegan a la escuela con un bagaje informativo
muy interesante, aunque disperso. El déficit fundamental, desde mi punto de
vista, está en la organización racional y útil de dicha información en
formas de pensar consistentes que les permitan crear esquemas activos para
interpretar la realidad y para intervenir en ella. Ésta es, en mi opinión, la
función prioritaria de la escuela: ayudar a las nuevas generaciones a que
formen capacidades de pensamiento, que les permitan indagar en la realidad,
posicionarse ante ella y entender y experimentar sus alternativas. Formar esos
esquemas de pensamiento significa reconstruir los esquemas de pensar, de
sentir y de actuar, que han ido desarrollando en su vida paralela a la escuela,
en temas como la naturaleza, la sociedad, la política, la cultura, su propia
vida, el trabajo, etc.
¿Debe
reorientarse también la formación permanente?
Tanto la formación inicial como la permanente deben acomodarse a esta forma de concebir la función docente. En el mismo sentido, yo trasladaría ahora el planteamiento anterior a la formación del profesorado: el docente tiene que acercarse a la teoría de las diferentes disciplinas para buscar herramientas que le sirvan en el análisis de la realidad pedagógica que él está viviendo.
Hay que darle la oportunidad de experimentar nuevas alternativas y de estar arropado por un grupo de investigadores, de teóricos y de prácticos, que le apoyen en esa tarea de analizar y comprender la complejidad y de proponer intervenciones alternativas. Las teorías han de servir de herramientas intelectuales para enriquecer el pensamiento y la acción del docente.
Una
de sus líneas de reflexión y trabajo preferentes en la actualidad es la de
investigación-acción. ¿Qué aspectos más relevantes destacaría de esta
propuesta educativa?, y ¿qué le ha aportado a usted personalmente?
Para mí ha supuesto un aprendizaje vital. Veo
la investigación-acción como una filosofía y un movimiento interesantísimo,
para quienes trabajamos por un cambio social democrático, reflexivo y
autodeterminado, porque parte del convencimiento de que los agentes son los que
tienen que modificar su teoría y su práctica. 
Por mucho que formulas teorías ajenas externas, no modificas la práctica,
si el agente no está convencido de
ello. Experimentando esas alternativas, se discuten, reflexionan, diseñan, evalúan,
proponen transformaciones.
La investigación-acción es, al mismo tiempo, una filosofía y una estrategia. Muchos no conocen la filosofía y la adoptan exclusivamente como una técnica que está de moda. Entonces, al convertirse en una rutina de moda, se desvirtúa y pierde la virtualidad transformadora.
Para que la investigación-acción sea tal, hay que asumir una filosofía de compromiso con la realidad pedagógica, sus matices técnicos y las dimensiones artísticas, políticas y éticas. Es difícil hacer investigación, porque compromete a las personas que se implican en el análisis pedagógico de su práctica, tanto desde la Universidad como desde las escuelas.
Los compromete en un proceso de búsqueda que pone en cuestión sus propios planteamientos previos. El proceso de búsqueda está perfectamente relacionado con el análisis del contexto y el contexto tiene una dimensión política con la que debes comprometerte. Porque no hay posibilidad de un análisis exclusivamente técnico que no considere las limitaciones o restricciones que el contexto social y el contexto político están determinando en la práctica, así como la propia naturaleza ética de cualquier intervención educativa.
¿Cómo
se imagina la escuela del futuro? ¿Hacia dónde piensa que puede ir?
Es difícil y frecuentemente inútil hacer futuribles, pero se pueden analizar
las tendencias que estamos viviendo según dos puntos de vista: uno positivo y
otro negativo. Es evidente que en la actual sociedad de la información hay
otras muchas fuentes de transmisión de información que van a usurpar la función
de la escuela, muchas de ellas con medios muy poderosos (audiovisual,
multimedia...). Por lo tanto, la escuela tiene que reubicarse, no volver hacia
atrás la mirada y convertirse en una escuela posmoderna que asuma la crítica
de la modernidad. Y eso supone, desde mi punto de vista, recomponer lo que antes
llamábamos la función docente. La función prioritaria de la escuela en el
futuro debe ser facilitar la reflexión crítica de las futuras generaciones, la
construcción de esquemas personales, intelectuales y afectivos más o menos autónomos.
Que tengan la capacidad de pensar, de sentir y decidir con relativa autonomía.
¿Ésa
sería la función esencial de la escuela?
Sí, porque además es difícil que lo hagan otras
instancias como pueden ser la televisión o los medios de comunicación, que se
rigen por intereses económicos muy diferentes. La escuela debe cumplir la misión
de la formación crítica del pensamiento, del sentimiento, de la conducta. Por
eso, debemos preservar este servicio público, al margen de las exigencias
inmediata y miopes de la ley de la oferta y la demanda en el libre mercado. 
Es verdad que la escuela tiene que responder a las exigencias del libre mercado formando individuos competentes, pero formando también individuos autónomos.
Ello requiere, claro, que nos planteemos una escuela mucho más útil y más cercana a los problemas cotidianos y también un trabajo más relevante y eficaz. Necesitamos docentes preocupados por la cultura y capaces de utilizarla para clarificar e intervenir con autonomía en los problemas cotidianos. Necesitamos una escuela que sea el centro de una comunidad educativa viva, diversificada y creadora, donde se viva y recree la cultura, sin agobios en el espacio y en el tiempo, no una pura, acelerada y simple academia.